lunes, 29 de junio de 2009

La bendición acuática

(M.C. Escher, The Drowned Cathedral 1929 woodcut.)



La ciudad había sido completamente invadida por el agua. La gente había alcanzado a huir, no fue algo abrupto, por el contrario lentamente en una parsimonia desesperante el agua se había apoderado de las aceras, los tomas, los primeros pisos, los segundos, los terceros; para ese momento los habitantes de la ciudad habían tomado vuelos a diversos lugares del mundo y, luego del despegue mientras volvían la vista a la ciudad se preguntaban, cómo si no teníamos ríos ni lagos cerca, ni había llovido durante cuatro años, si era insufrible la falta de agua y pagábamos sumas millonarias por una pequeña botella de este preciado líquido, cómo, cómo, se devoró nuestra seca ciudad? Y, mientras se alejaban se despedían a veces incluso haciendo gestos con los brazos de la vieja catedral en donde habían rezado y rogado por una gran bendición acuática.

Bordando y desbordando el manto terrestre

(Remedios Varo, bordando el manto terrestre)





Estábamos tan ocupadas bordando, que se nos olvidaba que debíamos también ingeniar momentos intensos y poco extensos, la gente estaba tan aburrida que empezó a reflexionar sobre las causas de semejante quietud, sin darnos cuenta empezaron a buscar aventuras ellos solos, primero iniciaron nuestra búsqueda. No dejamos que nos encontraran. Pero con esta odisea se dieron cuenta de que podían descubrir las emociones y la diversión sin esperar a que nosotras las confeccionáramos. Entonces tuvimos que empezar a destejer como lo haría Penélope para esperar a que nuestros maridos no tuvieran otro remedio más que el de volver a nosotras.